sábado, 12 de enero de 2019

À ma mère

Venimos del largo paseo de tarde. Por el Camí de la Faixa. Lolita olisqueando todo el camino. Se pierde , vuelve, nos espera. Saluda unos paseantes de lengua extraña que nos cruzamos. Juega su papel de perrita buena y  pizpireta que le ha tocado en la vida.
Estamos a mitad de enero, y para mi el mundo se abre a la esperanza de una primavera futura. Recojo diminutas flores, de los que hago diminutos ramos, en copas diminutas. Los deposito siempre en el mismo lugar. A los pies de la muñeca de trapo que me recuerda a mi madre. Es mi particular homenaje.
Porque a mi madre le gustaban las flores. Las violetas y las lilas. Ponía cara de gozo cuando le traíamos algún que otro ramo. La única cara de felicidad que le recuerdo. Madre triste, apagada, cargada de recuerdos que le oprimían. Madre apostada a la ventana , viendo entrar  las telefonistas al trabajo por el patio trasero de la oficina de correos, arriba de la que nos alojábamos. Madre que nos decía, en su amarga soledad de ama de casa viajante, siempre  de un lado para otro: "No dejéis de trabajar fuera de casa". Añoraba el contacto con la gente, tener alguien con quien hablar, vivir para ella misma.

Madre que se convertía en cruel madrastra bajo los efectos del alcohol que, a escondidas, la iba minando. Madre de pesadillas, en las que iba de su mano, y de repente me daba cuenta que se había transformado en la otra, la cruel, la malvada. Me despertaba gritando, llorando.
Padres desamparados, que no sabían enfrentar esta situación. Ni me sabían mantener al margen, a mi, la pequeña, la que todavía vivía con ellos su madurez. Los 3 otros se habían marchado tiempo atrás.
Pobres padres desamparados que habían sido jóvenes valientes. No habían dudado en embarcarse para Tahití en el año 33, en busca de una vida mejor. Doce años vivieron ahí. Doce años que marcaron sus vidas y la de mi hermana mayor, la pequeña salvaje, que nunca se adaptó a la vida de la "Métropole".
La vuelta a la monótona vida de ciudades de provincia  en el 56, después de otra aventura por el Caribe, le costó a mi madre una melancolía perenne.  Ahogaba su dolor en todas las botellas a su alcance. Las escondía debajo de la pila, dónde yo, niña de 9 años, las descubrí un día,. Entendí entonces que la melancolía de mi madre no se debía a su "enfermedad" como la llamaba mi padre. 
Pero, yo me fui también de casa y creo que supuso para ellos un alivio. Solos frente a frente, supieron encontrar la solución a los desvaríos de mi madre. Acudieron a una clínica especializada. Todo se resolvió.
Con mi madre por fin curada, abordaron una jubilación prometedora. Se fueron a vivir a la Costa Azul. Otra vez el mar y el sol, que habían anhelado desde que volvieran de las islas.
Mi madre me pidió perdón, y le perdone.
 Pero los años de excesos habían minado su salud. Frágil, no pudo disfrutar de su vejez apaciguada. Le hubiese gustado ir a una ciudad, con oferta cultural, con escaparates por los que pasear, pero nunca se atrevió a decirlo en voz alta.
Se fueron cerca de Angoulème, en otra casa de campo de la que casi nunca salía. Se limitaría a vivir sentada en un sillón, haciendo crucigramas y leyendo.
Pero le seguían gustando las flores. Escuchaba los mirlos por la ventana de la cocina, los rumores del bosque cercano.  
Con los ojos llenos de infancia, se le iluminaba el rostro cuando, cada año, exclamaba:
"Ça y est, le printemps est arrivé ",
al ver la primera golondrina.

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