lunes, 7 de enero de 2019

Punzadas

Me quede en el puente siguiendo el coche que se alejaba. Se iban, me dejaban. Había soñado con este momento tantas veces. Había deseado con tanta fuerza esa libertad. Fuera de las ataduras familiares. Fuera por fin de la tortura diaria infligida ¿Qué me encontraría al llegar a casa? Los gritos. Los silencios cargados de reproches. Ponía la mente en blanco, apretaba los dientes, y aguantaba. Parecía que me rompía por dentro. 
Pero lo que sentía en el momento en que desapareció el coche fue muy   distinto. No había alegría, ni libertad. Había un grito, un llanto que no podía dejar salir. Los querría, y no se lo había dicho. Los echaba de menos desde ese mismo instante. Me quedaba sola, en un país extraño , con un desconocido a mi lado. 
Era el año 68. 
Mis padres me acababan de dejar en Madrid, la ciudad de color de rosa que me había parecido tan bonita. 
Tenía 17 años y una bola en el estomago que me impedía respirar.

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